averias mas frecuentes en las valvulas - II

 

     Siguiendo con el problema de la corriente de fuga de rejilla, creo interesante conocer que, en las válvulas en buen estado, las pequeñas trazas de gas que hayan quedado después de su fabricación no producen efectos apreciables en su funcionamiento. Los electrodos de las válvulas son, como sabemos, metálicos y esos metales contienen gases disueltos y ocluidos en su interior que proceden del proceso de obtención. Durante la obtención de esos metales a partir de los correspondientes minerales, han estado durante cierto tiempo en estado líquido y, como todo líquido, han absorbido gases de su entorno y también las impurezas pueden reaccionar con los metales produciendo gases que quedan dentro.

    Al fabricar las válvulas, se extrae el aire del interior del bulbo a la vez que se ponen incandescentes las partes metálicas para que desprendan los gases de su interior. Con las bombas empleadas se alcanza un vacío muy alto y, con la ayuda de un poco de magnesio calentado hasta su evaporación, se atrapa gran parte de las moléculas de gases que queden aún en el bulbo; así se logra que la cantidad de moléculas de gases residuales sea tan baja que no afecte de forma apreciable a su funcionamiento. Durante el funcionamiento de la válvula, sus partes metálicas, sobre todo el ánodo, alcanza temperaturas elevadas y, si la extracción de los gases ocluidos no ha sido perfecta, desprenderá gases en mayor o menor medida. Esto ocurre más en las válvulas de potencia y en las rectificadoras; por eso, es muy importante que la válvula trabaje con potencia de disipación en ánodo por debajo de la máxima admisible; es decir, que el producto de la tensión de placa por la intensidad de placa sea igual o menor que el valor de potencia de pérdida anódica máxima indicada en las hojas de características.

    Puede ocurrir que en las válvulas que trabajan durante mucho tiempo al límite de potencia de disipación anódica se produzca un desprendimiento de cierta cantidad de gases; por lo tanto, los electrones, al viajar hasta la placa, arrancan electrones de las moléculas de los gases existentes, quedando éstos cargados positivamente. Estas cargas positivas son atraídas por la rejilla de mando y producen la corriente (fuga) de rejilla. Si ésta tiene en serie una resistencia de valor muy alto, ésta corriente, aunque débil, producirá una caída de tensión apreciable contraria a la tensión de polarización de dicha rejilla, con lo que disminuirá apreciablemente la tensión negativa de polarización y, por consiguiente, aumentará la intensidad de placa, teniendo como efecto, entre otros, un mayor calentamiento de la placa y un mayor desprendimiento de gases; o sea, el desastre asegurado. Si no se quema la resistencia de cátodo, lo hará el transformador de salida o fallará la propia válvula cuando la concentración de iones positivos sea suficiente como para que destruyan el cátodo. Los iones positivos son atraídos por el cátodo y producen en él reacciones químicas debido a las altas temperaturas que alteran las propiedades de la capa emisora que lo recubre; cuando no, lo destruirá por acción mecánica al chocar a gran velocidad.

    Este defecto de las válvulas es muy frecuente en las de salida de amplificadores, pues suelen trabajar a temperaturas elevadas, y en rectificadoras; pero en éstas, al no tener rejilla, es el cátodo el que sufre siempre las consecuencias, quedando la válvula completamente inútil.

    Es muy fácil determinar el grado de vacío de una válvula. Se puede hacer midiendo la intensidad de rejilla intercalando un microamperímetro en serie con la resistencia de escape de rejilla. Si sobrepasa los 0,5 microamperios, la válvula la podemos desechar, porque es señal de que hay demasiados iones en su interior. Si no tenemos un microamperímetro, podemos emplear un voltímetro de gran resistencia interna (o mejor uno de válvulas o un osciloscopio) y medir la tensión en la citada resistencia y aplicar la ley de Ohm.

    Algo que podríamos relacionar con la presencia de gas en una válvula es la percepción en la oscuridad de una débil iluminación azul producida en el interior; sin embargo, ésta luz sale de la superficie interna de la placa donde inciden los electrones. Los electrones llegan a la placa con gran velocidad y su energía excita los átomos de su superficie produciendo una emisión de radiaciones cuya frecuencia puede estar dentro del espectro visible.

 

Vicente Serrano

30/12/2003

 
 

 

 

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